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Tres poemas de Borges nos guían por las diferentes etapas de su producción literaria. “Amanecer” pertenece a su primer libro (reconocido), Fervor de Buenos Aires. El segundo que aquí presentamos, “Ajedrez”, fue publicado casi 40 años después. Y “Son los ríos” sale a la luz un año antes de la muerte del escritor, en 1985.
Amanecer
En la honda noche universal
que apenas contradicen los faroles
una racha perdida
ha ofendido las calles taciturnas
como presentimiento tembloroso
del amanecer horrible que ronda
los arrabales desmantelados del mundo.
Curioso de la sombra
y acobardado por la amenaza del alba
reviví la tremenda conjetura
de Schopenhauer y de Berkeley
que declara que el mundo
es una actividad de la mente,
un sueño de las almas,
sin base ni propósito ni volumen.
Y ya que las ideas
no son eternas como el mármol
sino inmortales como un bosque o un río,
la doctrina anterior
asumió otra forma en el alba
y la superstición de esa hora
cuando la luz como una enredadera
va a implicar las paredes de la sombra,
doblegó mi razón
y trazó el capricho siguiente:
si están ajenas de sustancia las cosas
y si esta numerosa Buenos Aires
no es más que un sueño
que erigen en compartida magia las almas,
hay un instante
rn que peligra desaforadamente su ser
y es el instante estremecido del alba,
cuando son pocos los que sueñan el mundo
y sólo algunos trasnochadores conservan,
cenicienta y apenas bosquejada,
la imagen de las calles
que definirán después con los otros.
¡Hora en que el sueño pertinaz de la vida
corre peligro de quebranto
hora en que le sería fácil a Dios
matar del todo Su obra!
Pero de nuevo el mundo se ha salvado.
La luz discurre inventando sucios colores
y con algún remordimiento
de mi complicidad en el resurgimiento del día
solicito mi casa,
atónita y glacial en la luz blanca,
mientras un pájaro de tiene mi silencio
y la noche gastada
se ha quedado en los ojos de los ciegos.
Fervor de Buenos Aires (1923)
Ajedrez
I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
El Hacedor (1960)
Son los ríos
Somos el tiempo. Somos la famosa
parábola de Heráclito el Oscuro.
Somos el agua, no el diamante duro,
la que se pierde, no la que reposa.
Somos el río y somos aquel griego
que se mira en el río. Su reflejo
cambia en el agua del cambiante espejo,
en el cristal que cambia como el fuego.
Somos el vano río prefijado,
rumbo a su mar. La sombra lo ha cercado.
Todo nos dijo adiós, todo se aleja.
La memoria no acuña su moneda.
Y sin embargo hay algo que se queda
y sin embargo hay algo que se queja.
Los conjurados (1985)
Textos olvidados en el baúl de los recuerdos. El necesario rescate. El reflejo del alma. El imperioso sondeo de ese todo inextricable llamado existencia. A continuación, una búsqueda agónica en clave literaria.
Una vez confirmado el punto fijo escogido, ya no hay vuelta atrás. Todo movimiento, toda luz, toda brisa se filtran en el egoísta ángulo y así comienzan las controversias – o la soledad.
El tiempo transcurre invadiendo la calma con miradas nuevas y pensamientos gastados, pero ya el cuerpo se ha provisto de escamas relucientes, de aureolas fortificadas que impiden que la duda ose atravesar el muro.
Y se lame el pasado sin dejarse distraer por las sirenas que invitan a estrenar orillas, que arremeten la comodidad con promesas de otros cielos.
El rincón mullido de estelas ya es refugio de tempestades y la noble progenie hallará en esa intersección inalienable la profusión exacta de víveres, como para no salir jamás.
Y generación tras generación reproducirá, en distintos ángulos, iguales puntos fijos y no habrá más necesidad de sacudimientos para lograr la estabilidad.
Una vez reproducido el orden, ya no hay vuelta atrás.
…
Y el inventado arquetipo que, perfecto, creamos
dice, en su silencio, que prefiere el aire.
El aire y lo no dicho, lo no hecho, lo anhelado,
y no la certeza de lo ya concreto, concluido.
Obtusa visión de vergonzoso arrebato,
inconclusa fluctuación de cometas errantes,
mezcla ecuánime de energía y pereza,
conjunción exánime de delirio y vida.
Y la omnipresencia de la mente, indesterrable,
dice, en su tiranía, que no cederá a lo tangible.
Expresión insigne de deseo acorazado en manto sublime,
magnetismo insomne que atrae un sentir,
sentidos que se bifurcan, que se consuelan, que se redimen,
exaltación que encauza la furia en portentoso devenir.
Y los cuerpos danzan detrás del viento,
en el contorno de las sombras que ronda el precipicio.
Y las miradas combaten delante del eterno preámbulo,
en el borde preciso del cataclismo de las almas.
La conjunción sagrada emana luces,
los miedos caen de bruces en la noche agitada,
en haces fosforescentes que tras el cielo se expanden...
pero el inventado arquetipo aún así prefiere el aire
(trémulas y frías las miradas combaten).
En el mes aniversario del fallecimiento de Roberto Arlt, La Cabalgata de las Valquirias recuerda al escritor argentino dedicándole una Aguafuerte, género literario nacido de su propio genio.
Si usted desea ser un buen y exitoso dictador, aquí le ofrecemos algunos útiles consejos para que tenga en cuenta. Unos cuantos requisitos básicos le darán a usted la información necesaria para convertirse en un célebre déspota. La manera es muy sencilla. Para comenzar, es básico que usted carezca de todo tipo de conciencia social. Un pepino debe a usted importarle el bienestar de la sociedad. Además, es de gran relevancia prescindir de utopías: nada de andar soñando con un mundo más justo, nada de esas fruslerías de universitario. Por último, si usted aspira a ser un gran dictador, necesita contar con otro pilar fundamental: usted debe ser lo más bruto posible. Esto es muy sencillo: nada de leer libros, nada de andar metiéndose con esos loquitos que escriben poesías, nada de teorías filosóficas que plantean una sociedad más digna, no, nada de eso: eso puede hacerlo a usted pensar y en este oficio no se requiere tal facultad. Una vez que usted cuenta con estos útiles principios, es hora de ponerse a trabajar. Como siguiente paso, usted necesita tomar el control del poder, pero que esto no le parezca complejo. Usted, como futuro tirano, corre con una gran ventaja: no debe conformar ningún partido político, no tiene que planear ninguna densa campaña proselitista, no debe proferir tediosos discursos y, lo más importante, usted no tiene que ganar ninguna elección. Con la brillante excusa de proteger la seguridad nacional o de cuidar los valores y principios de la patria, usted da un golpecito de estado, acompañado por otros de su calaña, y problema resuelto: usted ya es un dictador. Después de esto, hay que mantenerse, porque no alcanza para ser un grandioso dictador con sólo tomar el control del estado: hay que tratar, luego, de perpetuarse en él. Si no usted pasará desapercibido, como un golpista menor pronto a ser olvidado, como un Rawson o un Lonardi. Para gobernar sin problemas usted tiene que tener en cuenta algunas cosillas. En primer lugar, debe ubicar a sus enemigos. Los laburantes, esos cabecitas negras, suelen ser peligrosos. Siempre molestan con que quieren sueldos dignos y trabajo decente. Los intelectuales también pueden convertirse en un escollo para su gestión. Con esa pavada de la democracia y la libertad de pensamiento pueden estropear toda su vasta y fina empresa. Y por último, los medios de comunicación deben estar bien controladitos; no va a ser cosa que disfamen su buen nombre y honor. A los primeros, los trabajadores, hay que amedrentarlos con alguna reforma laboral que los perjudique considerablemente. A los estudiosos hay que invitarlos al exilio. Y a los medios debe ponérselos de su lado, y si se niegan, simplemente censurarlos. Pero si esto no funciona, usted tiene en su poder un recurso infalible. Si algo no marcha como es debido, sencillamente se arranca el problema de raíz. Mano dura: ése es el método que usted, por ser un gran dictador, puede utilizar impunemente. Hay una huelga, se reprime. Una manifestación, se reprime. Meta palo y palo nomás. Y de paso, no está demás cargarse con varios de esos revoltosos para que sirva de escarmiento. Pero mientras todo es puesto bajo control, puede emerger una nueva molestia, una molestia despiadada y siniestra, una molestia en forma de ideas aglutinadas en objetos perversos y de un poder incalculable. Me refiero a los libros. Queme todos los que pueda, hasta los de cocina, para no correr riesgos. La literatura, la sociología, la historia, a usted no le competen. Usted no necesita destrozarse el cerebro aprendiendo indigestas teorías; usted aplica la de la picana o la del submarino; éstas son más simples y mucho más efectivas. Además de controlar todo tipo de pensamiento disidente, usted, que es un regio dictador, debe comportarse como tal, como un señor dictador. Algo que se recomienda para estos casos es ir mucho a la iglesia. Profese el catolicismo a toda hora: hable en nombre de Dios, como si usted fuera un Mesías; tráguese todas las hostias que pueda, hasta saturarse; sáquese muchas fotografías con obispos, curas, monseñores y monjas. Pero ojo, en este frenesí desenfrenado de cristianismo, usted no se vaya a tomar muy en serio el sexto mandamiento, ese que nefastamente dice: “No matarás”. Después de todo, no hay que creerle a la religión todo lo que manifiesta. Por otro lado, usted debe ser muy cauto en el uso del lenguaje. Porque es probable que a algunas personas no les agrade enterarse de ciertas cosas que usted ejecuta. Pero no se asuste, también para esto hay solución: revista el lenguaje corriente con las más despiadadas reticencias. “Golpe de estado” no es un buen título para su emprendimiento: llámele “Proceso de reorganización nacional” o “Revolución libertadora” o algo por el estilo. Si algún político fastidia su gobierno, denomínelo “subversivo”, como a todo aquello que no concuerde con usted. Si los zurditos de la comisión de derechos humanos lo molestan, usted arremeta: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Y si usted extermina a 30.000 personas, ¡por favor!, no diga que éstas han sido asesinadas, diga que han “desaparecido”. Allí ya tiene usted un gran caudal de información que le permitirá convertirse en un gran tirano. Y por si acaso a muchos no les simpatiza alguna de sus medidas, como puede ser la de tirar personas al mar con una piedra atada en el cuello, organice un mundial del fútbol; la anestesia de este evento recaerá sobre el pueblo que olvidará el saqueo económico, los asesinatos, las torturas y los excesos que usted encabeza. Organice un mundial, y a pesar de todo, su popularidad aumentará considerablemente. ¿Ahora entiende qué sencillo es ser dictador?
Edición bilingüe
Traducción exclusiva para La Cabalgata
El castillo en el cual mi criado se había aventurado a entrar por la fuerza, antes que permitirme, en mi convaleciente estado, pasar una noche a la intemperie, era una de aquellas moles que constituyen una combinación de tenebrosidad y magnificencia y que por tanto tiempo han fruncido el ceño entre los Apeninos, no menos en la realidad que en la imaginación de la Sra. Radcliffe. Todo parecía indicar que había sido abandonado en forma temporal y muy reciente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y con muebles menos suntuosos. Se encontraba en una torrecilla remota de la residencia. Su decoración era lujosa, pero arruinada y antigua. De sus paredes colgaban tapices y, además, estaban adornadas con múltiples y multiformes trofeos heráldicos, junto con una cantidad extraordinariamente vasta de vivaces pinturas modernas en marcos de valiosos arabescos dorados. En estas pinturas, que pendían de las paredes no sólo en las superficies principales, sino también en muchísimos recovecos que la extravagante arquitectura del castillo tornaba necesarios; en estas pinturas, mi incipiente delirio, quizás, me había hecho prestar un profundo interés. Por esta razón, le pedí a Pedro que cerrara los pesados postigos de la habitación, porque ya era de noche, que encendiera las lenguas del alto candelabro que yacía al lado de la cabeza de mi cama y que abriera de par en par las cortinas con flecos de terciopelo negro que envolvían la cama misma. Deseaba que, una vez hecho todo esto, pudiera resignarme, si no a dormir, al menos a contemplar alternadamente esos cuadros y a examinar un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada y que pretendía proporcionar una crítica y una descripción de los mismos.
Leía y leía y con fervor y devoción contemplaba. Rápida y deliciosamente volaron las horas y llegó la intensa medianoche. La posición del candelabro me incomodaba y, estirando la mano con dificultad, antes que molestar a mi criado que dormitaba ligeramente, lo acomodé de modo que sus rayos alumbraran el libro más de lleno.
Pero la acción produjo un efecto completamente inesperado. Los rayos de las numerosas velas (porque había muchas) cayeron ahora sobre un rincón de la habitación que, hasta el momento, había permanecido totalmente a la sombra del pilar de la cama. Así, vi a la viva luz un cuadro que ni siquiera había observado antes. Era el retrato de una joven que estaba apenas haciéndose mujer. Miré ligeramente la pintura y luego cerré los ojos. El motivo por el cual lo hice no fue evidente al principio ni siquiera para mi propia percepción. Pero mientras mis párpados permanecían así cerrados, analicé mentalmente el motivo que me los hizo cerrar de ese modo. Fue un movimiento impulsivo para ganar tiempo para pensar (para asegurarme de que la vista no me había engañado) para calmar y refrenar mi imaginación y, así, poder observar con más sobriedad y certeza. En unos instantes, volví a mirar fijamente la pintura.
No podía ni habría de dudar que esta vez había visto bien, ya que el primer destello de las velas sobre el lienzo había parecido disipar el estupor de ensueño que estaba invadiendo mis sentidos y despabilarme de repente en forma sobresaltada.
El retrato, ya lo he dicho, era el de una joven. Constaba simplemente de cabeza y hombros, hechos en lo que se denomina técnicamente modo vignette; muy al estilo de las cabezas favoritas de Sully. Los brazos, el pecho e inclusive las puntas de su cabello radiante, se fundían en forma imperceptible en la vaga y aun intensa sombra que conformaba el fondo del todo. El marco era oval, lujosamente bañado en oro y afiligranado en Moresque. Como pieza de arte, nada podía ser más admirable que la pintura misma. Sin embargo, no pudo haber sido ni la ejecución de la obra ni la belleza inmortal del rostro, lo que me había conmovido tan repentina y vehementemente. Menos aún pudo haber sido que mi imaginación, al despertar de su somnolencia, hubiera confundido la cabeza con la de una persona viva. De repente, percibí que las peculiaridades del diseño, del viñeteado y del marco debieron haber desvanecido tal idea en un instante: debieron haber impedido hasta su momentánea atracción. Meditando seriamente acerca de estas cuestiones, permanecí, durante una hora, tal vez, un poco sentado, un poco recostado, con los ojos clavados en el retrato. Al fin, satisfecho con el verdadero secreto de su efecto, volví a acostarme en la cama. Había encontrado el hechizo del cuadro en un perfecto aire de vida en la expresión que, al principio, me sorprendió y, finalmente, me confundió, me sometió y me aterrorizó. Con un profundo y reverente sobrecogimiento, volví a colocar el candelabro en su posición anterior. Apartada, así, de mi vista la causa de mi intensa perturbación, busqué ansiosa e impacientemente el volumen que trataba acerca de las pinturas y sus respectivas historias. Me dirigí al número que mencionaba al retrato oval y leí allí las siguientes vagas y extrañas palabras:
“Era una doncella de belleza singular, tan encantadora como llena de júbilo. Funesta la hora cuando vio, amó y se desposó con el pintor. Él, apasionado, estudioso, austero y enamorado de su Arte; ella, una doncella de belleza singular, tan encantadora como llena de júbilo; con toda la luz, las sonrisas y la alegría de un joven cervato; que todo lo amaba y lo apreciaba; que sólo odiaba el Arte que era su rival; que sólo le temía a la paleta y los pinceles y a cualquier otro instrumento que la privara del rostro de su amante. Es así que fue atroz para esta dama oír del pintor su deseo de representar hasta a su joven novia. Pero ella era humilde y obediente y, durante semanas, posó sumisamente en la habitación oscura en lo alto de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo sólo desde arriba. Pero él, el pintor, experimentaba la gloria con su obra que continuó hora tras hora y día tras día. Era un hombre apasionado, y salvaje y temperamental que se volvió absorto; de modo que no percibiría que la luz que caía sobre aquella torrecilla solitaria de una forma tan espectral, marchitó la salud y el espíritu de su novia que se languidecía a la vista de todos, excepto de él. Aun así, ella seguía y seguía sonriendo, con resignación, porque veía que el pintor (que gozaba de gran renombre) experimenta un placer fervoroso y vehemente con su tarea y dedicaba día y noche para representarla a ella que tanto lo amaba, pero quien cada día se desanimaba y debilitaba más. Y en verdad, los que observaban el retrato comentaban por lo bajo acerca de la imagen, como de una imponente maravilla y, a la vez, una prueba tanto del talento del pintor como del profundo amor que sentía por ella, a quien representaba tan sorprendentemente bien. Pero al final, cuando faltaba poco para concluir el trabajo, nadie podía ingresar a la torre, ya que el pintor había llegado a enloquecer por la pasión con la que se dedicaba a su obra y apenas desviaba los ojos del lienzo, ni siquiera para observar el rostro de su esposa. Y así no percibiría que los matices que extendía sobre el lienzo se esfumaban de las mejillas de ella que yacía sentada a su lado. Y cuando habían pasado varias semanas y ya no restaban por hacer sino una pincelada sobre la boca y un matiz sobre el ojo, el espíritu de la dama titiló nuevamente como la vacilante llama de una lámpara. Y entonces, el pintor dio la pincelada y agregó el tono que faltaba y, por un instante, se detuvo con éxtasis frente a la obra que había realizado. Pero luego, mientras aún contemplaba, se estremeció y palideció y, horrorizado, gritando muy fuerte: “¡Es, en verdad, la Vida misma!” volvió la mirada súbitamente hacia su amada: ¡Estaba muerta!
(1850)
THE OVAL PORTRAIT
By Edgar Allan Poe
The chateau into which my valet had ventured to make forcible entrance, rather than permit me, in my desperately wounded condition, to pass a night in the open air, was one of those piles of commingled gloom and grandeur which have so long frowned among the Apennines, not less in fact than in the fancy of Mrs. Radcliffe. To all appearance it had been temporarily and very lately abandoned. We established ourselves in one of the smallest and least sumptuously furnished apartments. It lay in a remote turret of the building. Its decorations were rich, yet tattered and antique. Its walls were hung with tapestry and bedecked with manifold and multiform armorial trophies, together with an unusually great number of very spirited modern paintings in frames of rich golden arabesque. In these paintings, which depended from the walls not only in their main surfaces, but in very many nooks which the bizarre architecture of the chateau rendered necessary- in these paintings my incipient delirium, perhaps, had caused me to take deep interest; so that I bade Pedro to close the heavy shutters of the room- since it was already night- to light the tongues of a tall candelabrum which stood by the head of my bed- and to throw open far and wide the fringed curtains of black velvet which enveloped the bed itself. I wished all this done that I might resign myself, if not to sleep, at least alternately to the contemplation of these pictures, and the perusal of a small volume which had been found upon the pillow, and which purported to criticise and describe them.
Long- long I read- and devoutly, devotedly I gazed. Rapidly and gloriously the hours flew by and the deep midnight came. The position of the candelabrum displeased me, and outreaching my hand with difficulty, rather than disturb my slumbering valet; I placed it so as to throw its rays more fully upon the book.
But the action produced an effect altogether unanticipated. The rays of the numerous candles (for there were many) now fell within a niche of the room which had hitherto been thrown into deep shade by one of the bed-posts. I thus saw in vivid light a picture all unnoticed before. It was the portrait of a young girl just ripening into womanhood. I glanced at the painting hurriedly, and then closed my eyes. Why I did this was not at first apparent even to my own perception. But while my lids remained thus shut, I ran over in my mind my reason for so shutting them. It was an impulsive movement to gain time for thought- to make sure that my vision had not deceived me- to calm and subdue my fancy for a more sober and more certain gaze. In a very few moments I again looked fixedly at the painting.
That I now saw aright I could not and would not doubt; for the first flashing of the candles upon that canvas had seemed to dissipate the dreamy stupor which was stealing over my senses, and to startle me at once into waking life.
The portrait, I have already said, was that of a young girl. It was a mere head and shoulders, done in what is technically termed a vignette manner; much in the style of the favorite heads of Sully. The arms, the bosom, and even the ends of the radiant hair melted imperceptibly into the vague yet deep shadow which formed the back-ground of the whole. The frame was oval, richly gilded and filigreed in Moresque. As a thing of art nothing could be more admirable than the painting itself. But it could have been neither the execution of the work, nor the immortal beauty of the countenance, which had so suddenly and so vehemently moved me. Least of all, could it have been that my fancy, shaken from its half slumber, had mistaken the head for that of a living person. I saw at once that the peculiarities of the design, of the vignetting, and of the frame, must have instantly dispelled such idea- must have prevented even its momentary entertainment. Thinking earnestly upon these points, I remained, for an hour perhaps, half sitting, half reclining, with my vision riveted upon the portrait. At length, satisfied with the true secret of its effect, I fell back within the bed. I had found the spell of the picture in an absolute life-likeliness of expression, which, at first startling, finally confounded, subdued, and appalled me. With deep and reverent awe I replaced the candelabrum in its former position. The cause of my deep agitation being thus shut from view, I sought eagerly the volume which discussed the paintings and their histories. Turning to the number which designated the oval portrait, I there read the vague and quaint words which follow:
"She was a maiden of rarest beauty, and not more lovely than full of glee. And evil was the hour when she saw, and loved, and wedded the painter. He, passionate, studious, austere, and having already a bride in his Art; she a maiden of rarest beauty, and not more lovely than full of glee; all light and smiles, and frolicsome as the young fawn; loving and cherishing all things; hating only the Art which was her rival; dreading only the pallet and brushes and other untoward instruments which deprived her of the countenance of her lover. It was thus a terrible thing for this lady to hear the painter speak of his desire to portray even his young bride. But she was humble and obedient, and sat meekly for many weeks in the dark, high turret-chamber where the light dripped upon the pale canvas only from overhead. But he, the painter, took glory in his work, which went on from hour to hour, and from day to day. And he was a passionate, and wild, and moody man, who became lost in reveries; so that he would not see that the light which fell so ghastly in that lone turret withered the health and the spirits of his bride, who pined visibly to all but him. Yet she smiled on and still on, uncomplainingly, because she saw that the painter (who had high renown) took a fervid and burning pleasure in his task, and wrought day and night to depict her who so loved him, yet who grew daily more dispirited and weak. And in sooth some who beheld the portrait spoke of its resemblance in low words, as of a mighty marvel, and a proof not less of the power of the painter than of his deep love for her whom he depicted so surpassingly well. But at length, as the labor drew nearer to its conclusion, there were admitted none into the turret; for the painter had grown wild with the ardor of his work, and turned his eyes from canvas merely, even to regard the countenance of his wife. And he would not see that the tints which he spread upon the canvas were drawn from the cheeks of her who sate beside him. And when many weeks bad passed, and but little remained to do, save one brush upon the mouth and one tint upon the eye, the spirit of the lady again flickered up as the flame within the socket of the lamp. And then the brush was given, and then the tint was placed; and, for one moment, the painter stood entranced before the work which he had wrought; but in the next, while he yet gazed, he grew tremulous and very pallid, and aghast, and crying with a loud voice, 'This is indeed Life itself!' turned suddenly to regard his beloved: - She was dead!
(1850)
Cuento publicado por la editorial De Los Cuatro Vientos y galardonado con una mención especial por el jurado del Certamen “Poetas y narradores contemporáneos 2007”, organizado por la misma editorial.
Era una mañana soleada de verano en la pequeña ciudad. Las agujas indicaban las ocho cuando Lucsio despertó. Aún atravesado por la somnolencia, se vistió y ordenó el desayuno a los gritos (como era habitual). Se peinó sin ayuda de espejo alguno y corrió las cortinas para que entrasen los rayos de la luz diurna. Pero para sorpresa de sus ojos y estupor de su pensamiento, desde la ventana de su cuarto observó que en la plaza de enfrente se alzaba suntuoso un extraño mausoleo. Se trataba de una estatua de bronce, con caracteres sutiles y refinados, que denotaba una figura humana de cuerpo entero.
Rápidamente, Lucsio advirtió lo reciente del hecho, pues estaba convencido de que la noche anterior, en ese lugar, sólo había césped. Pero no le llamó tanto la atención la inusitada aparición de la estatua; lo que lo conmovió sobremanera fue el gran parecido que existía entre su figura física y el flamante monumento.
Apurado salió de su cuarto ignorando el café que su madre le traía, y se dirigió directo hacia la calle. La atravesó absorto hasta concluir en la plaza, frente a la estatua. Se reconoció en ella no sin gran entusiasmo y asombro. En la base de la misma se podía leer la siguiente inscripción: “En reconocimiento a Lucsio”. Éste, con incipientes lágrimas en los ojos, contempló atónito su figura de bronce. Luego buscó alguna otra información, algún dato que lo arrancase de su incertidumbre, mas no lo halló. No lograba comprender quién había sido el mentor de tal peculiar agasajo y por qué.
Mientras revolvía en su mente tales cuestiones, ignoraba el flagelo en el que pronto se convertiría para su vida ese extraño monumento.
Lucsio era un joven estudiante de diecisiete años. A diferencia de sus amigos también adolescentes, llevaba una vida alejada de las preocupaciones habituales de la edad; no se interesaba demasiado por su imagen física y social, y le restaba importancia a su precaria situación económica. Poseía una personalidad carismática y humilde, y como consecuencia, cosechaba la simpatía de todos cuanto lo rodeaban. No era un estudiante modelo, aunque sí un notable pianista y un ferviente amante del cine.
Esa mañana, se encontraba allí, dubitativo, cara a cara con su gemelo de bronce. La incertidumbre lo circundaba. Luego de una exhaustiva inspección, decidió regresar a su casa. Encontró frío el desayuno, pero sin inmutarse lo sorbió de un golpe. Su madre, la señora Fontevanni, le retiró la taza; Lucsio permanecía pensativo. De pronto rompió el silencio: le preguntó a su madre si había visto la estatua, su estatua. La señora Fontevanni contestó fríamente que sí, que allí estaba cuando ella había despertado, y al concluir su respuesta continuó con sus quehaceres evidenciando la poca importancia que le concedía al asunto.
Lucsio estuvo unos segundos más inundado en su perplejidad antes de dirigirse nuevamente hacia la plaza de enfrente…
Una vez allí, permaneció junto a su estatua varias horas. Entre la multiplicidad de sentimientos que lo atravesaban, dos eran los preponderantes: incertidumbre y grandeza.
- ¿Qué hice para merecer esto? - se preguntaba -. Nunca he hecho nada que suponga tal recompensa.
Llegó a la conclusión de que no encontraría en sus pensamientos la respuesta que buscaba. Decidió rehacer su rutina y esperar, las dudas tarde o temprano tendrían que disiparse.
Ya en su cuarto, Lucsio aguardaba la llegada de una explicación satisfactoria, o al menos de algún indicio que contribuyese al esclarecimiento del enigma. Se recostó y tomó al azar un libro de su repisa. Solamente lo hojeó, porque al instante advirtió que no podía soportar la quietud. Estaba eufórico. Caminaba por toda la casa sin rumbo fijo. Iba de un lado para el otro, queriendo ahogar la ansiedad. Se sentó frente al viejo piano; produjo de manera virtuosa unas melodías de Chopin, pero tampoco logró calmarse. Volvió a abandonar su casa y se estableció junto a su estatua, estatua que constantemente parecía instigarlo con un llamado silencioso. Lucsio no podía dejar de admirarla y de admirarse en ella. Pero lo que le sucedía no era una cuestión de mera vanidad; tampoco podía atribuírsele a lo novedoso del hecho. Su alteración, más bien, era producto de un incipiente y anómalo sentimiento de precaución.
Todo ese día, Lucsio permaneció en la plaza; no regresó a su casa ni siquiera para comer. Pero cuando el sol desapareció por completo en el horizonte, comprendió que ya era tiempo de abandonar el lugar para alimentarse y descansar.
En su hogar, comió las sobras de la cena de su madre y de inmediato se perfiló hacia su habitación. Era una noche cálida, coloreada por un diáfano cielo estrellado. Lucsio se acostó conciente de que no iba a ser tarea fácil conciliar el sueño. Sucede que en medio de su gran regocijo había nacido un profundo recelo: Lucsio temía por la integridad de su estatua, de aquella imagen que lo coaccionaba y que ya no podía abandonar. Inmediatamente tomó una decisión: recogió una delgada frazada del placard y corrió velozmente a reencontrarse.
Junto a su estatua pasó esa noche, y no fue la única…Tres meses continuados convivió pegado a su esclavizante figura de metal. Allí dormía, allí comía lo que su madre le alcanzaba, allí vivía. Para Lucsio se había terminado la escuela, el piano y el cine. Solamente le quedaban algunos buenos amigos que lo reemplazaban esporádicamente en la custodia cuando alguna situación extrema lo ameritaba.
Pero el clima se había transformado. El frío se hacía cada noche más intenso y Lucsio sufría cada vez más el permanecer a la intemperie. Las lluvias que antes soportaba inmutable e impasible se convirtieron en sus más crueles castigos. Finalmente, Lucsio, que siempre había gozado de buena salud, cayó enfermo.
Una noche, cuando afiebrado soportaba la intensa lluvia helada, llegó a la conclusión de que debía abandonar la estatua y, una vez bajo techo, recomponer su salud. Sin embargo, no descartaba la idea de continuar su vigilancia, esta vez desde la ventana de su cuarto (algo que antes consideraba arriesgado). Y de esa manera actuó; tomó sus pertenencias y se alejó de su estoica figura.
Estaba pálido cuando llegó a su habitación. Se apresuró a correr las cortinas para, desde la ventana, poder escudriñar su estatua. Acto seguido, se mudó de ropa. Se sorprendió al medirse la temperatura con los 40º que indicaba el termómetro. De inmediato buscó unas aspirinas que tragó sin ayuda de líquido, y luego se alistó para una larga noche en vela, consagrado a la vigilancia de su monumento.
Pero el sueño, arrogante en su afán, poco tardó en comenzar su asedio. Lucsio hizo todo lo posible para mantener los ojos abiertos, sin embargo, fue derrotado por el agotamiento y la fiebre…
Horas más tarde, las nubes se habían esfumado y el sol vigoroso de la mañana se adentró en su cuarto por la ventana, interrumpiendo su descanso.
- ¡No puede ser! - exclamó turbado, y de un salto bajó de la cama -. ¡Me quedé dormido! - gritaba como un loco mientras corría velozmente hacia la plaza de enfrente. Llegó en un parpadeo al sitio donde estaba la estatua. Agitado por la carrera, se apoyó en ella tratando de recuperar el aire. En un primer momento buscó tranquilizarse, porque a simple vista su monumento parecía intacto, del mismo modo que lo había dejado la noche anterior. Pero su observación perspicaz y escrutadora le sirvió para el disgusto. La punta del metálico dedo pulgar de la mano derecha había sido brutalmente amputada. Lucsio no podía - y no quería - creer lo que le había sucedido a su estatua. Consternado se arrodilló ante ella y maldijo su suerte...
Blasfemaba a viva voz mientras regresaba a su casa en busca de frazadas y abrigos. Había resuelto, de manera inamovible, no separarse de su estatua, ni por un segundo, pase lo que pase, nunca más. Había comprendido que ésta exigía una continua y óptima protección y estaba plenamente dispuesto a brindársela.
Se instaló junto a ella y, si bien la lluvia había cesado, el intenso frío matinal lo golpeaba con vehemencia.
Lucsio no dejaba de preocuparse por lo acaecido. Sabía, ahora más que nunca, que un mínimo instante de distracción podría ser fatal, y por esta razón, no podía permitir que el clima y unas líneas de fiebre lo derrotasen.
Aún continuaba enfermo, aunque su temperatura había disminuido durante la noche. Él sentía la leve mejoría y, situado nuevamente en la plaza, estaba listo para retomar la custodia. Pero su frágil salud no soportó el castigo de la intemperie y la recaída fue tal que tuvo que ser hospitalizado.
Sufría fuertes y continuas convulsiones y había perdido el conocimiento. Sus amigos fueron quienes lo hallaron en ese estado y lo trasladaron al hospital. Varios días transcurrieron sin que los médicos brindasen alguna noticia concreta sobre el estado de salud de Lucsio. Pero al cuarto día de internación, se conoció la nueva sobre las mejorías de éste. Había recuperado el conocimiento y el color de su piel, la fiebre había disminuido y comenzó a pronunciar algunas palabras no sin cierta dificultad. De su balbucear sólo eran inteligibles unas pocas pero constantes preguntas, todas referidas a su estatua. Por supuesto, nadie, excepto Lucsio, se acordaba de ella…
Diez días más pasó en el hospital, hasta que al fin le dieron el alta. Algunas noches habían tenido que encerrarlo en su cuarto por miedo a que escapase; ahora, libre, se dirigía preocupado y rápidamente hacia la plaza de su infortunio. Al llegar, un profundo estupor se apoderó de su cuerpo y también de su alma. Cayó de rodillas, derrotado, y su rostro se llenó de lágrimas. Lucsio acababa de descubrir que su amada estatua había sido bestialmente arrancada de raíz. Con los ojos azorados observó que en su lugar sólo quedaban, como recuerdo infausto de su efímero momento de celebridad, unos cuantos fierros oxidados y retorcidos, que desde el suelo se alzaban a ninguna parte y que una vez habían constituido la base sólida de su ideal monumento.
Lucsio lloró con el corazón la pérdida de su figura, del mismo modo que se llora la pérdida de un semejante; es que en realidad, su vida sin la estatua carecía de sentido.
Sollozó amargamente durante horas, y eso fue lo último que de él se supo con certeza, luego desapareció sin dejar rastros.
En la pequeña ciudad, nadie volvió a saber de Lucsio después de aquel lastimero episodio. Se comenta que en las noches de invierno, éste aparece errando por calles oscuras y solitarias, en busca de su estatua. Se dice, al respecto, que deambula vestido en harapos y que su figura se asemeja a la de un fantasma.
Por supuesto, este relato mítico no tiene ningún valor real. No obstante, existe otra versión, más verosímil, y la presentan aquellos quienes afirman que Lucsio simplemente se marchó sin más, para perecer en soledad en algún lugar anónimo, lejos de su desdichada aventura.
Sea lo que fuere, lo único que se sabe a ciencia cierta, es que nadie más volvió a verlo desde que su estatua desapareció, como si con ella, también se hubiese desvanecido su imagen.
Bigand - 2007
Hay hombres que caminan por las calles con un sol en la frente, un diamante de luz, con hambre de otra vida, con aire de combate, hay hombres que se sientan a la mesa y reparten su pan con gusto solidario. Hay hombres que despiertan y sonríen mientras dicen: hoy es el día. Dan la mano como un acto de fiesta, saludan como cantando un himno. Hay hombres que de noche tienen sueños justos, destierran ángeles corruptos y al despertar, para salvar la tribu van presurosos a sus puestos de lucha. Esos que son así, como usted, son los hombres libres.