¿Quiere Usted Ser Dictador?
En el mes aniversario del fallecimiento de Roberto Arlt, La Cabalgata de las Valquirias recuerda al escritor argentino dedicándole una Aguafuerte, género literario nacido de su propio genio.
Si usted desea ser un buen y exitoso dictador, aquí le ofrecemos algunos útiles consejos para que tenga en cuenta. Unos cuantos requisitos básicos le darán a usted la información necesaria para convertirse en un célebre déspota. La manera es muy sencilla. Para comenzar, es básico que usted carezca de todo tipo de conciencia social. Un pepino debe a usted importarle el bienestar de la sociedad. Además, es de gran relevancia prescindir de utopías: nada de andar soñando con un mundo más justo, nada de esas fruslerías de universitario. Por último, si usted aspira a ser un gran dictador, necesita contar con otro pilar fundamental: usted debe ser lo más bruto posible. Esto es muy sencillo: nada de leer libros, nada de andar metiéndose con esos loquitos que escriben poesías, nada de teorías filosóficas que plantean una sociedad más digna, no, nada de eso: eso puede hacerlo a usted pensar y en este oficio no se requiere tal facultad. Una vez que usted cuenta con estos útiles principios, es hora de ponerse a trabajar. Como siguiente paso, usted necesita tomar el control del poder, pero que esto no le parezca complejo. Usted, como futuro tirano, corre con una gran ventaja: no debe conformar ningún partido político, no tiene que planear ninguna densa campaña proselitista, no debe proferir tediosos discursos y, lo más importante, usted no tiene que ganar ninguna elección. Con la brillante excusa de proteger la seguridad nacional o de cuidar los valores y principios de la patria, usted da un golpecito de estado, acompañado por otros de su calaña, y problema resuelto: usted ya es un dictador. Después de esto, hay que mantenerse, porque no alcanza para ser un grandioso dictador con sólo tomar el control del estado: hay que tratar, luego, de perpetuarse en él. Si no usted pasará desapercibido, como un golpista menor pronto a ser olvidado, como un Rawson o un Lonardi. Para gobernar sin problemas usted tiene que tener en cuenta algunas cosillas. En primer lugar, debe ubicar a sus enemigos. Los laburantes, esos cabecitas negras, suelen ser peligrosos. Siempre molestan con que quieren sueldos dignos y trabajo decente. Los intelectuales también pueden convertirse en un escollo para su gestión. Con esa pavada de la democracia y la libertad de pensamiento pueden estropear toda su vasta y fina empresa. Y por último, los medios de comunicación deben estar bien controladitos; no va a ser cosa que disfamen su buen nombre y honor. A los primeros, los trabajadores, hay que amedrentarlos con alguna reforma laboral que los perjudique considerablemente. A los estudiosos hay que invitarlos al exilio. Y a los medios debe ponérselos de su lado, y si se niegan, simplemente censurarlos. Pero si esto no funciona, usted tiene en su poder un recurso infalible. Si algo no marcha como es debido, sencillamente se arranca el problema de raíz. Mano dura: ése es el método que usted, por ser un gran dictador, puede utilizar impunemente. Hay una huelga, se reprime. Una manifestación, se reprime. Meta palo y palo nomás. Y de paso, no está demás cargarse con varios de esos revoltosos para que sirva de escarmiento. Pero mientras todo es puesto bajo control, puede emerger una nueva molestia, una molestia despiadada y siniestra, una molestia en forma de ideas aglutinadas en objetos perversos y de un poder incalculable. Me refiero a los libros. Queme todos los que pueda, hasta los de cocina, para no correr riesgos. La literatura, la sociología, la historia, a usted no le competen. Usted no necesita destrozarse el cerebro aprendiendo indigestas teorías; usted aplica la de la picana o la del submarino; éstas son más simples y mucho más efectivas. Además de controlar todo tipo de pensamiento disidente, usted, que es un regio dictador, debe comportarse como tal, como un señor dictador. Algo que se recomienda para estos casos es ir mucho a la iglesia. Profese el catolicismo a toda hora: hable en nombre de Dios, como si usted fuera un Mesías; tráguese todas las hostias que pueda, hasta saturarse; sáquese muchas fotografías con obispos, curas, monseñores y monjas. Pero ojo, en este frenesí desenfrenado de cristianismo, usted no se vaya a tomar muy en serio el sexto mandamiento, ese que nefastamente dice: “No matarás”. Después de todo, no hay que creerle a la religión todo lo que manifiesta. Por otro lado, usted debe ser muy cauto en el uso del lenguaje. Porque es probable que a algunas personas no les agrade enterarse de ciertas cosas que usted ejecuta. Pero no se asuste, también para esto hay solución: revista el lenguaje corriente con las más despiadadas reticencias. “Golpe de estado” no es un buen título para su emprendimiento: llámele “Proceso de reorganización nacional” o “Revolución libertadora” o algo por el estilo. Si algún político fastidia su gobierno, denomínelo “subversivo”, como a todo aquello que no concuerde con usted. Si los zurditos de la comisión de derechos humanos lo molestan, usted arremeta: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Y si usted extermina a 30.000 personas, ¡por favor!, no diga que éstas han sido asesinadas, diga que han “desaparecido”. Allí ya tiene usted un gran caudal de información que le permitirá convertirse en un gran tirano. Y por si acaso a muchos no les simpatiza alguna de sus medidas, como puede ser la de tirar personas al mar con una piedra atada en el cuello, organice un mundial del fútbol; la anestesia de este evento recaerá sobre el pueblo que olvidará el saqueo económico, los asesinatos, las torturas y los excesos que usted encabeza. Organice un mundial, y a pesar de todo, su popularidad aumentará considerablemente. ¿Ahora entiende qué sencillo es ser dictador?