Primero como tragedia, luego como farsa
Elisa Carrió y Gerardo Morales sientan las bases para un nuevo frente. Muchas dudas pero también muchas certezas se desprenden de este pacto. ¿Vuelve la Alianza? En esta opinión se analiza una realidad que no debe ser repetida.
Un fantasma recorre la Argentina: el fantasma de la funesta Alianza que concluyó con la caída de Fernando De la Rúa. Elisa Carrió y Gerardo Morales fueron quienes resucitaron el viejo temor cuando días atrás mantuvieron reuniones para concretar un núcleo opositor al kirchnerismo. Lo curioso es que ambos referentes se esforzaron en desmentir que se trate de una alianza meramente electoralista. Carrió aseveró que “las puertas están abiertas para los peronistas que quieran sumarse al frente opositor”, y también confirmó su acercamiento a López Murphy y a Julio Cobos. Pero los roces con el socialismo (aliados de Carrió en las últimas elecciones) ya comenzaron, pues demostraron su disconformidad con la posible llegada del fundador de Recrear. Por otro lado, dirigentes históricos del radicalismo, como Moreau y Storani, rechazaron compartir una lista con Margarita Stolbizer (presidenta de la CC de la provincia de Buenos Aires). Las fricciones y diferencias son evidentes. Pero Carrió aseguró que su proyecto no concluirá como el de 2001: “Nosotros nos tenemos confianza mutua, nos conocemos hace 20 años, no como la Alianza, que no se conocían y que se armó en tres meses”. Admitiendo que se conozcan y se tengan confianza, ¿hacia dónde apunta este frente opositor? Quitando el objetivo electoral, poco se sabe. Es que últimamente, en la política argentina, todo el empeño de los partidos parece recaer en la búsqueda del poder. Si repasamos rápidamente el mapa de las alianzas de los últimos años, observaremos un desvanecimiento de los partidos clásicos y una emergencia de frentes y coaliciones, en donde los objetivos no se visualizan fácilmente. Parte del PS está con Carrió, y otra parte, con Kirchner. Algunos radicales acompañaron a Lavagna en las últimas elecciones, otros al socialismo, otros a Cristina. El kirchnerismo, por su parte, aglutinó a su alrededor a personalidades de todos los colores políticos. Binner, en Santa Fe, reunió al ARI, a la UCR y al PDP, entre otros. Saber que los partidos -al menos concebidos en su manera tradicional- están en crisis, no es una novedad. Pero que la solución sea olvidarse de las ideologías y construir un entramado electoralista aunando a todo grupo opositor es, al menos, dudoso. Lo que puede leerse en nuestra realidad política es que todo es medio para un fin, y ese fin, que parece justificar todos los medios, es ganar elecciones. Carrió pregona el dejar de lado las ideologías, lo que le sirve como excusa para amontonar en su frente a todos los que quieran derrotar al oficialismo. Resulta difícil pensar un modelo de sociedad a construir si se carece de una cosmovisión más o menos formada. Y es precisamente esa cosmovisión la que se desvanece cuando el relativismo extremo, muchas veces disfrazado de progreso, valida todo tipo de accionar. Por otra parte, la negación de las ideologías siempre ha sido funcional al statu quo. Es complicado concebir un cuestionamiento profundo al orden establecido si nos alejamos de todo pensamiento crítico basado en ideologías sólidamente formadas. Claro que la nueva alianza no pretende salir de la lógica unidimensional que se ha posado sobre todos los partidos clásicos. Como tantos otros asuntos de importancia, el cambio estructural de la sociedad no está en la agenda de Carrió ni en la de Giustiniani y, mucho menos, en la de Morales. Además, la líder del ARI aseguró: “Las elecciones de octubre se definen entre nosotros -por el frente que se está gestando- y el oficialismo. El tercer lugar no existe”. Este intento de polarización demuestra claramente que cualquier político, que no sea oficialista, puede y debe encolumnarse tras la nueva alianza si quiere acceder a la puja electoral. Esta aspiración al bipartidismo (al que Carrió criticó en su momento) terminaría por aniquilar la estructura tradicional de los partidos, convirtiendo a la política en un escenario de cartels hacia la búsqueda del trono. ¿Para qué competir por separado si juntos podemos ganar? Por supuesto, esto sólo es posible si los partidos carecen de identidad autónoma. En otros tiempos, hubiera resultado impensable reunir en un mismo proyecto al PS, a la UCR y al PDP. Pero hoy es viable toda convergencia gracias al único objetivo común que poseen los partidos: acceder al gobierno. Sin embargo, la agonía de esta forma de hacer política abre un nuevo espacio para la emergencia de nuevas y frescas agrupaciones, tal vez no tan mediáticas, pero con propuestas honestas y atinadas. Quizás haya que ir teniendo en cuenta otras alternativas a esta falsa polarización y, lo que sería aun más provechoso, empezar a ser responsables de nuestro destino como nación, no afiliándonos a un partido clásico, sino creando nuevas opciones desde el lugar que a cada uno le toque. Porque ya lo dijo Bertolt Bretch: “El peor analfabeto es el analfabeto político”. Si la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa - como sostenía Marx -, entonces de nosotros depende torcer su rumbo. Aunque parezca una frase gastada, debemos seguir afirmando que sólo nuestra intervención como ciudadanos políticos puede contribuir a cambiar la situación. Interpretemos la realidad y trabajemos sobre ella para que algún día, al fin, podamos sentir que tenemos gobernantes que son parte de nosotros. Publicado en el diario El Ciudadano (Rosario) el día domingo 1 de febrero.